sábado, 21 de marzo de 2009

Beata Elias de San Clemente - 2da PARTE

10 Sus devocione -11 Maestra joven -12 Bajo el signo de la Cruz-13 Entre la Priora y la Directora-14 Esposa para siempre-15 Tinieblas -16 Con alma de niña-17 Caminos de Dios-18 En medio de la tempestad.,

10- SUS DEVOCIONES

La vida eterna, para ella era una inmensa verdad. Tenía varias devociones muy queridas y especiales, para ella: sus hermanitos del cielo, por ejemplo. Los llamaba así porque habían marchado a Dios muy tempranamente y porque nunca le dejaban sola.

La lista de devociones y prácticas de piedad seria inmensa. Citamos a los más notables:

San Juan Berchmans… “su pequeño Juan.” Gabriel de la Dolorosa… a quien pidió le alcanzara de Dios el olvido de todo lo creado. Teresita del Niño Jesús “”. Le ruega: “Vela… guíame siempre hacia el cielo. Haz que yo ame la virtud… abandono, simplicidad y amor”.

Durante los años siguientes en los que continua Elías la formación religiosa con vistas a su profesión solemne, como hilo conductor de toda su vida y actuaciones, estará el deseo incesante, dinámico y revitalizado a golpe de un día y otro, de darse, abandonarse, donarse, inmolarse y ofrecerse con más amor y menos interés de retribución a su Señor.

Para 1923 escribe en su cuaderno: “Darme toda al Señor, sin ninguna reserva, arrojándome en el campo del sacrificio generosamente… Abandonándome ciegamente a la acción del amor y recibiendo todo y siempre de las manos de Dios, sin investigar nada... Ejercitarme en la humildad de corazón, viviendo sometida a todos. Abandonándome a la voluntad de Dios, como una niña lo hace en brazos de la mamá, con ilimitada confianza y ardiente fe”

Está claro… sabe muy bien Elías, que en el Carmelo… recorriendo el camino angosto de las nadas, solo la fe puede guiarla, y que aun esta, según palabras de Ntro. Padre San Juan de la Cruz “… es oscura noche para el alma”.

Vale la pena copiar textualmente su reflexión sobre el tema del abandono absoluto en manos del buen Dios. No conoce afán de ser tenida en algo sino de agradarle en todo… aunque a los sentidos no quede claro ni la mitad de las cosas que acontecen. Nada de Nada.

Si vivimos para el cielo, ¿Porque afanarse con las cosas de aquí abajo? Si Dios vive en nosotros, ¿Por qué buscarlo en otro lugar?

Si Jesús desea ser Él solo, el apoyo del alma que atraviesa el exilio: ¿Porque apoyarse en las criaturas que a un soplo de viento se inclinan y se quiebran?

Si Jesús vela continuamente a nuestro lado: ¿Porque no rendirle dulcemente nuestra compañía, trabajando y sacrificándonos alegres, consolándolo de tantos desprecios que su corazón recibe continuamente de los que tanto ama?

Elías, quería hacer realidad esta reflexión en su vida, y no faltan notas en sus cuadernos íntimos, que traslucen al que los lee, el fuego de amor que la consumía, y que le hacia traspasar las barreras de lo superficial y convertir en obras su oración. Concretaba sus propósitos en la vida diaria. Casi siempre, con el prójimo de trasluz.

Igualdad de humor –por ejemplo- abrazar siempre lo más duro y lo más penoso, hablar poco con las criaturas y mucho con Dios. No dejar escapar las pequeñas mortificaciones de la jornada, procurar con santa astucia vivir siempre sometida a todos, incluso a la última de casa… decir una oración especial por las hermanas que involuntariamente me han dado un disgusto.”

De estas resoluciones, encontramos llenos los escritos de Elías De San Clemente. Decía, Santa Teresa: “Sean altos los pensamientos para que así lo sean las obras” Y la joven carmelita había fijado su vista al formularlos, en el mismo cielo.

Lo más interesante en su vida, es que pese a la edad, y lejos de ser una de nuestras acostumbradas místicas de la edad media, Elías se hizo santa porque Dios iba obrando maravillas en su vida. Como su Madre Maria, a quien tan tiernamente vivía consagrada, fijó en ella sus ojos el Todopoderoso. Sabiéndola pequeña hizo grandes cosas en su favor.

La transformación se obró a golpe del día a día, de mil renuncias, de mucha oración, de incontables horas estando a solas con quien bien sabia la amaba. Su mayor mérito residió en vivir muy unida a Dios…siempre en Dios y para Él…enamorada de Él. Luego, todo lo bueno y loable que se pueda decir de ella… no es sino reflejo de lo que vivía en su interior… de ese estarse siempre y en todo lugar amando a su amado… sin nadie, sino sola ella y Él.

Mostrar la virtud de manera atractiva, es algo complicado, porque no todo lo que queremos hacer está de acuerdo con lo que esperan de nosotros. Es por eso que la vida comunitaria, puede traer consigo mil roces y fricciones normales en la mayoría de los casos, y compatibles con la esencia subjetiva del ser humano…su personalidad. Elías conocía bien los recovecos de los corazones, sabía regalar a todos la palabra parca y elocuente a un tiempo. Siempre les dejará pensando.

Ya lo advertía la buena Ana de San Bartolomé, enfermera y sabía discípula de Teresa: “…es cosa que espanta al parecer, que en una cosa como el silencio…se encierren tantas riquezas”

La hermana Isabel de la Trinidad, había entrado al Carmelo de Bari en 1922. En el momento de los hechos relatados a continuación se preparaba para su toma de hábito. Para Elías, era ya el segundo año de formación.

Había notado Elías en la futura novicia alguna incertidumbre y duda. Sabía que necesitaba conversar con alguien. La tarde anterior a la toma de hábito, le salió al encuentro. Tuvieron oportunidad de hablar de lo que acontecería al día siguiente. Quizás, porque no, le habló de su propia experiencia, del día antes de su toma de hábito, de lo que sintió la primera vez que llevó sobre sus hombros la estameña burda del sayal pobre del Carmelo… ¡El hábito de la Virgen Santísima!

Engarza maravillosamente bien las palabras. Con elocuencia y mientras rememora su propia experiencia, habla del regalo que supone la vocación: vida ofrecida por amor y sin intereses. En un momento de la conversación, aprieta las manos de la joven postulante diciéndole: “Es la ultima tarde que tendrás tu cabello, y aún, perteneces al mundo. Mañana serás toda de Jesús.”

11- MAESTRA JOVEN

El Carmelo de Bari tenía anexo un educantado, puesto y autorizado por la Orden y los Obispos, no sólo como medio de subsistencia, sino y más que nada, por asuntos políticos e históricos que quedaron hundidos en los conflictos de la Italia de aquellos años. Lo cierto es que, arquitectónicamente, el monasterio de San José de vía Rossi no era ni remotamente parecido a San José de Ávila. Más que a un Carmelo de la Reforma, parecía una de las típicas abadías Benedictinas del Medioevo. El número de monjas había aumentado, superando así, el número que Santa Teresa determinaba en sus constituciones para cada monasterio.

El nivel de escuela que el educantado ostentaba era medio-bajo, sin embargo, en orientación literaria era alto, aunque también se enseñaba bordado y música vocal e instrumental. Estos últimos eran considerados esenciales para todas las jovencitas de buena sociedad.

Durante el año escolástico 1923-1924, la Hermana Elías de San Clemente fue asignada al educantado como instructora y maestra de bordado, actividad que se le daba muy bien. De esta forma, con tan solo 23 años, Dora, con diploma de 3ro elemental, trabajará con maestras de otros estratos sociales y de mayor educación. Todo lo iba tejiendo maravillosamente bien el Divino Sastre, que trocaba todo a fin de purificar el alma de aquella jovencita.

Elías, joven profesa de votos simples, pasaba por uno de los momentos más importantes de su vida religiosa y de su camino interior hacia el Santo Monte de la Perfección. El nuevo cargo, aceptado por obediencia, no le hacia fácil vivir su vida de recogimiento como las demás hermanas destinadas al coro, sin embargo, el punto hacia el que tendía su corazón, estaba ubicado muy adentro del corazón de Dios, porque: “Entre los pucheros, también anda el Señor”

Decía: “Por ti, Señor,… desempeño mi oficio, sin salir ni un solo instante de vuestro Sacratísimo Corazón. En las jóvenes trato de ver la imagen vuestra y pienso en vuestros años infantiles. Me parece verte, especialmente en las más pequeñas… a estas criaturas, todas, las amo igualmente en ti, nada buscando de mi interés, de mi satisfacción, y prefiero mil veces la muerte que sentir en mi alma el menor acto de vanagloria.”

Sus jornadas, desde ahora, se volverán versátiles e irregulares, subordinadas a las necesidades de las alumnas y del educantado. Sin embargo, su norte y centro, sigue siendo el Amor, a quien regala frecuentes miradas y visitas desde las rejas, en la soledad del tabernáculo.

Por las mañanas, oración y encuentro con las jovencitas. Las clases, la atención a las necesidades humanas, materiales y, sobre todo, espirituales de sus alumnas… formaban parte de su vida cotidiana hasta la tarde. Luego las horas dedicadas al rezo del oficio, refectorio, recreación y demás ocupaciones de la vida monástica.

No era tarea fácil la de la nueva maestra, ya que el educantado era ocupación más apta para hermanas doctas, no solo en costura y bordado, sino también en ciencias y latín… expertas en mil especialidades y usos.

Las jóvenes no tardaron en aficionarse a la nueva instructora… un poco también creo por la edad. Es más fácil hablar de Dios a los que por problemas de cosechas se acercan más a la nuestra. No obstante, todos están de acuerdo que el motivo de más peso para justificar el cariño con que todas prodigaban a Elías era su trato afable y amistoso, inspirador de confianza, abierto a la escucha, lleno de Dios y de la Virgen, henchido de amor…con una sonrisa siempre a flor de labios.

Sabe Elías que el amor se predica con el ejemplo, por tanto, rehúsa imponer y prefiere mostrar. La elección esperada viene por añadidura, fruto del ejemplo y de su vida coherente.

Por su forma de concebir la autoridad, y más por interpretarla desde el amor… fue severamente criticada por la directora del educantado en varias oportunidades. La Hermana Colombo, que así se llamaba la encargada, era de otro estrato social diferente, una perfecta aristócrata.

Su modo de ejercer la autoridad, entraba muchas veces en disonancia con la de Elías. Diríamos que ostentaba la obediencia debida con aire imperial, nada a tono con monjas pobres del Carmelo Reformado. Ya lo diría la misma Madre Teresa: Mientras más allegadas a Dios, más humildes.

A pesar de que la Hermana Elías no veía con buenos ojos aquel método educacional tan riguroso y excesivo en ocasiones, no podía cambiarlo, tampoco socavar la autoridad de las demás instructoras y maestras. Tenía muy presente el debido respeto a sus superioras…vivía aquella frase de la Santa Madre: “Harto bien es para el alma no salirse de la obediencia.” Y optaba siempre por el santo silencio.

Al llegar el final del año escolástico, las jovencitas se despedían de sus profesoras. Elías había notado como una, entre tantas, lloraba sin consuelo. La llamó aparte para preocuparse por el motivo de su congoja e insistió en dar un consejo a la joven: “¡Eres muy sensible! Si no cambias, sufrirás mucho en la vida. No te apegues a las criaturas, sino al Creador, que te ama mucho más.”

No tenía preferencias con ninguna. Con todas “igualdad de amor e igualdad de olvido”, como lo aconseja Ntro. Santo Padre Juan de la Cruz. Si se acercaba a algunas con más frecuencia, era porque estaba de seguro necesitada de consejo y guía.

Olga era una de las jóvenes del educantado, inteligente, sincera y muy emprendedora. A la tercera lección, ya sabía coser y bordar a máquina y una vez, hasta propuso un concurso a su Maestra.

Elías prefiere un clima de igualdad entre las alumnas, tendiendo siempre a ayudar y corregir de forma amable: “No te enorgullezcas, todo los dones te vienen de Dios. Sin Él no podríamos nada. El los da y Él los quita.”

Elías disfrutaba al hablar con sus alumnas más aventajadas, entre ellas Olga. En cierta ocasión comenta con ellas sus deseos de vivir en la presencia de Dios, de volar al cielo al encuentro de su Esposo. Olga, franca y tempestuosa se apresura a corregirla:

-Muy cómodo Hermana Elías, morir joven. Quien muere después de una larga vida hace más sacrificios que quien muere joven. (Ella le contesta)

-No si puede padecer en una hora lo que se debiera sufrir en una jornada. En lo que resta, solo hago la voluntad de Dios… Deseo estar siempre con la lámpara encendida porque el Esposo pasa y no regresa.

Así era, las alumnas no solo recibían clases de costura y bordado, sino que leían y estudiaban el libro vivo, que era Elías, con una alegría particular que manaba de sentirse amada y abandonada en Dios hasta en los más mínimos detalles.

A la hora de enseñar la norma y guía de la instrucción, para Elías estaba clarísimo y queda resumida en una frase que gustaba repetir a sus alumnas: “Hagan todo por amor de Dios”

Se las ingeniaba para que todas sus formandas reconocieran en los acontecimientos pequeños y costosos de la vida regular, no una determinación impuesta desde fuera y sustentada por el sistema de poder, sino la voluntad misma de Dios, que hecha con amor, más que reprimir, puede sublimar los más íntimos deseos de independencia y de autorregulación.

Elías, que no es ciega, percibe con frecuencia cuan recias y estrictas son algunas profesoras con las alumnas. Estas pobres jóvenes, que en el hogar no estaban acostumbradas a la vida claustral, caían de manera frecuente en mil desobediencias por no guardar las normas en cuanto al santo silencio.

Sabe que las religiosas no lo hacen por mal. Más de una vez repite a las más cercanas de entre las alumnas: “¿No te das cuenta que lo hace por educarte mejor?” A pesar de todo, infunde en cuantas ejerce influencia, la más fiel obediencia a las superioras.

Se cuida mucho de no mantener particularidades de trato con ninguna mozuela. No está bien, ni es saludable para el alma, que una monja del Carmelo ande en confianzas excesivas. Para la carmelita, Jesús solo basta… su ideal de vida, ha de basarse en andar de ordinario con este Señor nuestro del alma, y tratar con él “como con padre, como con hermano y como con amigo.”

12-BAJO EL SIGNO DE LA CRUZ

Años antes, Dora había traspasado el umbral de la Puerta Reglar del Monasterio del Señor San José con muchas ilusiones. Podríamos entender perfectamente que viniese con algún deseo sensible, por ejemplo, de llevar el Santo Hábito de la Virgen, de consagrarse a Dios a través de los votos religiosos… de morir en el Carmelo. Pero más que claro es, que fuera de esas ilusiones que tocan a cosas importantísimas y de mucho costo, Dora traía otras… más esenciales, centradas y sublimes.

Desde su misma toma de hábito y más concretamente desde el día de su profesión, nuestra joven hermanita había definido, con precisión de un arquitecto, los ángulos y cimientos sobre los que debería basar en adelante su vida; oración y praxis: Amar-Sufrir- Inmolarse

Reconoce como pilar fundamental en la vida de la Carmelita Descalza, vivir de amor. Es solo el amor el que da sentido a la vida escondida de la carmelita. Todo se hace llevadero en los que aman. Hasta la cruz misma parece que se aligera, más… solo parece.

Desde los días de su noviciado, gustaba llamarse: “Hija de Dios”. Era un título que le deleitaba ostentar con la mayor de las humildades, pues la hacia al mismo tiempo que hija de un Rey, hermana de tantos hombres, y por ende, comprometida con sus causas, proyectos y sus sufrimientos.

Su misión en el Carmelo será acompañar a su Jesús, solo y muchas veces abandonado… sufrir por amor, todo lo que el AMOR se dignara enviarle… e inmolarse por tantas almas que no le conocen o lo rechazan.

En su vida religiosa no faltará la cruz. Sabe la pobrecilla, que para llegar a la tumba de la Resurrección, ha de pasar primero camino del Calvario.

En aquella cruz sin Cristo, que según la tradición teresiana está siempre detrás del jergón de los descalzos, hijos de Teresa de Jesús, debía morir cada día. Morir a los repiqueteos del mundo que trasportaban su corazón fuera de la tapias, a los orgullosos pensamientos femeninos, a la propia voluntad de hacer y deshacer según el gusto y servicio… a los afectos, a las intimidades, a ser regalada de todas y en todo. Sucumbir, en fin, a ella misma… hasta que en el alma solo quedara el vacío dispuesto y transparente para ser habitado para siempre por Dios.

No quería dispensarse de nada que la hiciera diferente a las demás. Había abrazado una vida austera no para remediarse, sino para vivirla a cabalidad.

Es curioso un incidente sucedido un invierno. Su hermanita, su alma gemela, confidente durante tantos años, había abrazado su mismo género de vida. En su mismo monasterio había tomado el Santo Hábito carmelitano con el nombre de Sor Celina.

Hermana Celina había notado como Elías, ni en las noches más frías de invierno, preparaba de manera diferente su celda y jergón para que quedara más confortable y cómodo. Era costumbre que en las celdas solo se tuviera una sabana de lana. Sin embargo, su Santa Fundadora y Madre había aconsejado a sus hijas y asentado por escrito, que se tuviera cuenta de suministrar a cada una según sus necesidades, no quería una obediencia absurda y desprovista de humanismo, sino penitencias lógicas y soportables desde el punto de vista físico y espiritual.

Al parecer, la Hermana Elías de San Clemente, aunque no se quejaba, pasaba verdaderas noches de desvelos producto del frío, pues a decir verdad, el clima en invierno era fuerte en estas zonas y las temperaturas muy bajas. Notándolo su hermanita, y guiada quizás por el mismo amor filial que las había unido siempre y vuelto a unir en el Carmelo, mandó un mensaje a la casa materna para que, cuanto antes, enviase al monasterio de San José un cobertor mas confortable para su hija.

Debió parecer demasiado bello este cobertor, pues no se hizo esperar el rechazo por parte de Elías. La hermana, entonces, tomando cartas en el asunto, trató de hacerla entrar en razón…pero ella, como quien quiere dejar claras las cosas antes de dar por concluido un asunto importante, le responde: “Esto es la voluntad de Dios.”

Estimaba y practicaba con diligencias las penitencias tradicionales del Carmelo, entre ellas el cilicio y la disciplina. En alguna que otra ocasión, la Reverenda Madre Angélica de la Sagrada Familia, priora del monasterio, tuvo que escribir a su Director espiritual en Roma para que moderase las penitencias de Elías, pues él las había autorizado.

Según palabras de la Madre: “… en la penitencia como en la virtud, hacía todo muy seriamente”

Como ya hemos señalado, Elías vivía en el educantado rodeada de jóvenes que la querían verdaderamente, y que estaban siempre dispuestas a hacer lo que fuese con solo poder compartir los ratos de oración con la religiosa. Vivía rodeada de afecto… se lo había ganado.

El educantado fue un periodo larguísimo en su vida de religiosa, se las ingeniaba bien y ganaba los corazones de las alumnas. Debido a su tercera elemental en costura, su bordado era insuperable. Conquistaba y practicaba la caridad con todas… ¿Qué le faltaba? No respondemos, pero los planes de Dios para la vida de Elías eran otros. Otros que ni ella misma imaginaba.

El 4 de diciembre de 1924, haciendo memoria de su vida pasada y de su situación actual como profesora de jóvenes en el educantado… justo el día en que celebraba su cuarto aniversario de profesión religiosa, escribía: “Dios mio, auxíliame siempre con vuestra santa gracia”

A pesar de sus relaciones inmejorables con las alumnas, sobre todo con las mayores a las que gustaba hablar de Dios y sus mercedes, Elías notaba ya cierto aire coladizo de recelo y desconfianza hacia su persona, que llegaba nada más y nada menos que del entorno más cercano. No es de extrañar que la mayoría de los sufrimientos en esta nueva etapa de su vida, le hayan alcanzado de sus allegadas. O sea, de las mismas monjas de su comunidad.

La vida es así. Vemos como de los mil detalles y complicaciones humanas, no se libran ni los monasterios. Por eso, nos encontramos tantas personas descontentas con lo que son y tienen. Nunca se conforman y lo más dañino es que al ver la diferencia (que es connatural con cada ser humano, por cuanto somos únicos e irrepetibles) pretenden modificar las situaciones hasta volver el mundo existente, en un mundo ideal y digno de imitación, a tal punto, que todo lo que se haga fuera de sus prescripciones es criticado y mal visto.

Quizás algo de esto paso. Lo cierto es que Elías, con sus pocos años, se daba cuenta de todo, de los celos, de la envidia, de las desconfianzas y hasta de algunas palabras en plan “entérate si puedes” que de vez en cuando decía a algunas de sus hermanas.

Debió ser duro para Elías encontrarse con estos sentimientos adversos hacia su persona. Ella, que había salido del nido paterno tan cristiano y caritativo para volar como una paloma rauda al puerto del Carmelo, se encontraba ahora con los recelos y las conductas reprobables de las hermanas que más deberían apoyarla y cuidarla en los largos periodos de sequedades espirituales y tinieblas interiores durante su postulantado, noviciado y hasta entrada la profesión.

Cierto es que no eran todas, ni siquiera la mayoría… pero el peso de la Cruz, aunque lleve algún alivio como el del Cirineo, sigue siendo molesto… y siempre recae en el hombro macilento y doliente.

Mientras tanto, el proceso de amarre de Elías a la Cruz de su Esposo, iba en aumento. Cada batalla vencida, cada diferencia salvada en el campo del amor y la fraternidad teresiana, eran pasos firmes hacia su comprensión interior del misterio de la Cruz… Cruz que le permitiría en algo, asemejarse a su Maestro sufriente. Y todo por la Santa Madre Iglesia, por el Papa, por la Orden….por los pecadores.

Tenemos que hacer notar que ahora hurgamos en un periodo doloroso de la vida de Elías, del que no ha querido trasparentar mucho en sus escritos… poco también cuenta a sus confidentes. Quiere “sufrir un poquito por amor a Dios sin que lo sepan todos”. Con estas palabras, Santa Teresa, había regalado de consejos a sus hijas de San José de Ávila, cientos de años antes y ahora a Elías le tocaba ponerlos en práctica.

“Oh mi Divino Maestro, sellaste con caracteres indelebles el libro de mi vida, las páginas solo pertenecen a vuestro Divino Corazón, luego cerraste para que nadie pudiera entender sus letras aquí abajo”

Así trascurrían días, meses y años. Elías era una historia, tejida y entendida solo de Dios , para gastarse y consumirse a su servicio.

13- ENTRE LA PRIORA Y LA DIRECTORA

La Madre Columba era una directora austera y de temple fuerte. Había huido de la casa paterna para seguir la voz del Señor dejando una familia distinguida que la quería mucho y un futuro prometedor. Era noble de nacimiento. Desde que se abrió el educantado con carácter oficial en 1907, la Hermana Columba figuró como la enviada por la providencia para la labor ardua que debían realizar. Así fue que la nombraron directora.

Su forma de gobierno estaba pautada y muy bien definida; el reglamento, el respeto a la autoridad de los superiores, la disciplina. Cierto era que no excluía el trato fraterno, el diálogo, la apertura a las necesidades de las educandas. Pero el reglamento era sagrado. Era algo desconfiada, y con frecuencia escuchaba a la puerta de las clases durante las lecciones. Por cierto… ¿Cuál sería el problema puntual con la Hermana Elías a tal punto que decidieran separarla del educantado?

Resulta que, según las alumnas y algunas compañeras de noviciado, la Hermana Elías comenzó a ser incomprendida desde el momento en que la directora se enteró que hablaba afablemente y en tono jovial a sus alumnas acerca de las virtudes, de la virginidad y del cielo. Su pensamiento se transformaba en palabras. Estando como estaba, llena de Dios, no podía sino hablar siempre de Dios.

A ciencia cierta, esta actitud de Elías, más que reprobable era digna de alabar y promover. Pero las cosas hundían sus raíces más allá de simples posturas.

Existía aun en los monasterios, en algunos, una mentalidad más o menos clasista. Al parecer, Madre Columba no fue totalmente inmune a esta mentalidad, pues aunque en todo lo demás era ejemplo de religiosa, no lo era en esto.

Santa Teresa quería igualdad de trato y clases en sus fundaciones, de hecho, invitaba con su ejemplo a las demás, a darse sin reservas a las labores, procurando trabajar para que comiesen las demás. Aún en sus constituciones nos dice: “La tabla de barrer se comience desde la madre priora, para que en todo dé buen ejemplo”.

El gobierno en los monasterios teresianos, más que oportunidad abierta para mandar y hacer lo que se quiera, es concebido como un servicio, que a veces parece enojoso por lo que significa y trae consigo. No por gusto ni teatralmente vemos a muchas santas prioras quejándose de que ese cargo le resta tiempo de intimidad con Dios.

En el Carmelo es costumbre tener detrás de la tarima una Cruz sin Cristo. De alguna manera, la Cruz representa el lugar donde la carmelita muere a diario a sí misma y a las mil vanidades del mundo. La priora no tiene Cruz, pues se considera que el priorato, lo es ya bastante.

Así, según los proyectos de la Santa Fundadora, todas debían ser iguales, tratándolas del mismo modo. Esta forma de proceder se mantuvo incluso después de la introducción de las primeras freilas o hermanas de coro.

Pero Elías era, por así decirlo, la última de las hermanas en el educantado en cuanto a formación; hija de un modesto trabajador, sin más preparación que una tercera elemental. Esta situación, de seguro reportó muchos sufrimientos a la sensibilísima Dora. Sin embargo, no había venido al Carmelo a ser servida, ni a ser tenida en mucho. Ciertamente se reconocía como la nada misma. Quería inmolarse, y en estos momentos de la historia que seguimos, Jesús le mostraba el camino hacia la Cruz que le había reservado… pues “la cruz es regalo de amadores… esos regalos hace el Señor a los que ama.”. Era la Cruz indeleble de las humillaciones y de ser tenida en poco.

Como a veces suele suceder, ya sea para probar a la religiosa o en ocasiones por falta de delicadezas, fue acusada ante la Madre, porque en las recreaciones a menudo se entretenía hablando con la Hermana Matilde, una monja de velo blanco o conversa, que ayudaba en los servicios de la casa y en el educantado.

La priora las reprendía, les mandaba ubicarse distantes de las demás en las recreaciones. Tras un intento válido y humano de justificación, la Hermana Matilde explica a la priora: “Hablábamos del Señor y del servicio que entre ambas rendíamos a la comunidad y a las alumnas”.

La posición de la priora se mantuvo incólume. Es entonces cuando la Hermana Elías, según las Santas Costumbres del Carmelo, se arrodilla en la tierra y besa el suelo, aceptando la humillación como mandada por Dios.

Quince días después de este incidente, Elías cae enferma y tiene que guardar cama. La priora asigna entonces a la Hermana Matilde para que le cuide y asista en todo.

En esto demostró que no veía nada reprobable en la conversación de las dos carmelitas, y que, al parecer, había actuado de esa forma solo por acallar los espíritus malintencionados de las monjas y devolver la paz a la comunidad que se mostraba algo escéptica con respecto a Elías.

La Madre, no obstante, quería saber qué acontecía en el educantado. Escuchaba ciertamente. Era un arte que se le daba de maravilla. Comprendía que, cuando Elías hablaba, no era nunca de ella misma. Si algo refería era siempre de Dios.

Según testimonios de otras hermanas del monasterio, la Madre Angélica tenía bien puesto el nombre, pues todo su trato era como de ángeles.

Según la Madre Ana La Volpe, la priora estimó y quiso mucho a Elías. Los motivos: su virtud y sus innumerables cualidades que se traslucían en la franqueza y en la fidelidad con que vivía en medio de la barahúnda que suponía el educantado, su entrega a Dios en la Orden del Carmelo Descalzo.

Lo que pasaba era que por su carácter y temperamento conciliador, escuchaba las quejas que de la joven carmelita tenían otras monjas. Esto a las claras, hacía sufrir mucho a nuestra corderita.

Elías por otra parte no podía desteñir ni borrar de su mente la familiaridad y el cariño con que fue educada en las Hermanas de Asís. Recordaba, sobre todo, a la Madre Angélica, que más que maestra, había llegado a ser una verdadera madre.

Conocemos del discurso de Elías en sus pláticas con las educandas, pues según testimonios oculares: “Hablaba de Jesús, de la virginidad, del cielo sobre todo, de la vanidad y lo fugaz de la vida, suscitando un verdadero entusiasmo comprensibílisimo, que terminó preocupando a la directora. Sobre todo vigilaba la Hermana Colomba por los peligros de morbosidad de los cuales era menester preservar a las alumnas.”

Las sospechas, al principio, fueron convirtiéndose en palabras, y las palabras metamorfizaron fácilmente, hasta crearse entorno a la pobre jovenzuela un ambiente tenso de incomprensión y de aislamiento. Incluso su compañera de noviciado reconoció que durante este periodo de muchos dolores de alma para la joven biografiada, ella aumentó sus penas y sufrimientos marcando distancias sin razón.

Por otra parte, Elías se mantenía al margen del origen y centro del conflicto. No podía explicarse qué acontecía a su alrededor, ni los motivos de la distancia a veces tan claras, ni los cambios de comportamientos de algunas hermanas hacia su persona.

Eso sí, no cuestionaba la obediencia, amaba a la directora, respetaba a las demás hermanas de la comunidad. Si de alguien dudaba, antes que hacerlo de todas, era de ella misma.

La Madre Magdalena, supriora y maestra de novicias, quien en tiempos del postulantado no había comprendido bien a la joven, simpatizaba ahora mucho con ella. Contrariada alguna vez por la incomprensión con que se le trataba, preguntó a la Hermanita:

- ¿Cómo te trataron las hermanas en el educantado?

- No se puede desear más, Madre, mis hermanas son todas ángeles.

Según la Hermana Clementina, esta forma de actuar de la Elías, no era una postura aparente de virtud ficticia y desmentida. No. Era su forma de analizar y proferir juicio.

Según cuenta la misma testigo: “Cuando en el monasterio se recibían noticias de persecuciones en contra de la Iglesia, mientras todas lo reprochábamos, la Hermana Elías, siempre caritativa con todos, perdonaba compasiva diciendo, que nosotros en esas circunstancias posiblemente lo hubiéramos hecho peor, sin la gracia de Dios”

La Cruz que había indirectamente pedido el día de su profesión cuando definió tan perfectamente el ideal del Carmelo, le salía al encuentro. ¿Qué le quedaba por hacer? Ofrecerse en esa Cruz al AMOR… pasar por la experiencia dolorosa del martirio de corazón.

Al alba del 8 de diciembre de 1924, en su celdita del educantado, hace el voto de lo más perfecto. Es un nuevo empeño, un voto que en privado añade a los otros tres que pronunciara en su profesión de votos simples, pocos años ha. Desde esa hora, promete ofrecer a Dios en el secreto de su alma un último vínculo con la voluntad de divina, hora por hora… día por día, mes por mes, año por año, vida…su vida. Desde su libertad, Elías quiso con esto dar a Dios no solo lo mejor, sino todo. De manera que lo que hiciese, dijese, pensase, y aún sintiese… estuviera siempre al servicio del Señor y de su Reino.

Este voto, hecho de forma grave y formal, exige del alma y presupone una facilidad de control y de autodominio considerable. Por más que quieran explicarlo psicólogos y moralistas, la actitud de los santos, y más concretamente de Elías, les quedaría difícil. Creo firmemente que la ciencia que trasciende toda la razón, es la ciencia de Dios, aun cuando existan vías para probar su existencia.

Cuando Él quiere, da pruebas que escapan a todo razonamiento lógico, teórico y conceptual. Tal es el caso de Elías. Es verdad que quería Elías, pero… ¿Quién sino Dios la obsequió con su gracia para cumplir sus votos con fidelidad hasta su muerte?

En este nuevo empeño, Elías fue asesorada por su Director Espiritual, que como ella, llevaba el nombre del profeta del fuego… símbolo implícito quizás, del celo que ardía en el corazón de ambos por la honra de Dios y el bien de las almas. Se llamaba, Padre Elías de San Ambrosio.

Al principio, Elías, ante el voto, se mostró desconfiada, asegurando que no iba conforme al caminito de la “Infancia Espiritual”, el legado más hermoso de su querida hermanita de Lisieux. Luego, a mucho insistir por parte del Padre Elías y la Madre Priora, se inicio en él con el mayor de los abandonos y la más probada confianza.

Fe y libertad nacidas de un corazón que tras los muros de aquel monasterio, se consideraba la más emancipada de las aves del cielo.

Escribe con su sangre: “Dios mío, para vivir contigo en el más perfecto amor, hago voto de hacer eso que en el momento de obrar, parezca lo más perfecto y de mayor gloria tuya.

Dios mío, dígnate a aceptar este sacrificio… y confirma con tu divina gracia mi debilidad, para que tu fuerza siempre me sostenga. Amen.

Hermana Elías, esto, Dios mío, lo sello con mi sangre ”

Aún no termina. Como broche, firma con la sangre de su dedo y sigue escribiendo el acto de ofrenda al Amor Misericordioso de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

“¡Para vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro amor misericordioso, suplicándote me consumas sin medida, dejando inundar en mi alma las olas de infinita ternura que están escondidas en ti, y así alcanzaré la fortaleza, para devenir mártir de vuestro amor, Oh mi Dios!

Que este martirio, después de estar preparada y comparecer delante de ti, me haga finalmente morir, y mi alma se lance sin ninguna tregua hacia el eterno abrazo de vuestro amor misericordioso. Quiero, mi querido, que todo latido del corazón renueve esta oferta un número infinito de veces, a fin de que, desvanecidas las sombras, pueda repetir mi amor en un “cara a cara” eterno.”

Ambiciona Elías que el amor que la inunda, sea expresado a través de su propia sangre. Besa la hoja, aun húmeda. La abraza, poniéndola junto a su corazón. Son estas palabras el ideal que le va quemando dentro… su respuesta.

Pasa el tiempo, y el educantado sigue siendo el mismo, con todo lo que trae incluido: las diferencias, celillos, alguna que husmea detrás de sus clases con tal de saber que hace y habla a las alumnas. Más todo, ahora se desvanece en su corazón como la niebla de la noche ante la llegada del sol.

Elías, mientras tanto, va dejándose cosechar por el divino labrador, en silencio y soledad. Vive dándose al Amor en todo instante y momento. Hace espacio en su alma, para que le habite la gracia de Dios: Para con ella y para con todas sus hermanas.

“!Oh Dios mío, oh mi todo! Tú solo ahora eres la alegría de esta pobre alma, y el pensamiento de que, para ser comprendida por ti, basta callar.”

Es en un mutuo silencio donde los corazones se comprenden; el corazón de todo un Dios y el de una miserable criatura.

Todo esto acontece en la mañana del 8 de diciembre de 1924. Está Elías unida por gracia de Dios, plenamente al misterio de la Cruz. Sus momentos, son todos momentos de abandono y confianza en el Señor que la crucificó con Él.

No dice nada a nadie. Al exterior tan igual…como siempre. Más en su alma, tiene la plena seguridad de que ha aceptado Jesús su ofrenda… su donación desinteresada del corazón… ofertorio de sangre.

Mientras se filtran los días, su vida transcurre en ritmo monótono, pero no desprovisto de sentido. El educantado, el progreso humano y espiritual de sus alumnas, el trato amistoso y respetuoso con todas, las largas horas de trabajo frente a la maquina de coser… sus diálogos de amor con Dios… su ocupación más sublime: ser verdadera victima en su divino holocausto.

14- ESPOSA PARA SIEMPRE

El voto de lo más perfecto y la ofrenda de sí misma al Amor Misericordioso traslucen su más importante empeño, la perfección evangélica y el abandono de toda su vida en Dios. Con este acto de ofrenda y con el voto, puede decirse que Elías entra en el centro y corazón del Caminito de la Infancia Espiritual… doctrina toda de la santita de Lisieux.

Con este infantil espíritu y trayendo a su mente con periodicidad las palabras del Señor: “…de los niños es el Reino de Dios”, Elías pronuncia sus votos solemnes. Recibe el velo negro de esposa de Jesús. A través de esta ceremonia de velación, Elías dice un adiós definitivo al mundo. Se desposa para siempre con el nazareno de la Cruz.

De todas formas, por mucho que tratemos de hurgar en los significados y sentidos, debemos recordar que los símbolos aunque hablan de una verdad, no la contienen. Son imagen, no exactitud.

De seguro, más sumamente bella era la fiesta de bodas que en los recovecos del corazón, escondrijos reservados solo al Esposo de las Vírgenes, había preparado Elías con tanto esmero durante los años de formación en el Carmelo. Llegaba el momento de decir un Sí con sabor a eternidad.

La celebración se fijó el 11 de febrero de aquel año del Señor de 1925, fiesta de la Virgen de Lourdes. Por primera vez en este tipo de celebración, se utilizó el ceremonial nuevo del Carmelo Descalzo. Esa mañana, lucía monísima la diminuta iglesita del Carmelo de San José, llena de amigos y familiares. Oficiando, el Señor Arzobispo de Bari.

El coro de las religiosas interpretó en gregoriano el canto de las esposas vírgenes. Terminado el canto, en el silencio profundo de la asamblea, compuesta por monjas y fieles, el Arzobispo invita: Venid, esposa de Cristo.

Lista está la esposa, ataviada con galas de pobreza y virtud para encontrar a su amado…donde quiera se presente. Dispuesta está a fin de que sea amado y se sienta amado.

Elías, entonces, avanza con la vela encendida, envuelta en la blanca capa y entonando lentamente las emocionantes notas del canto: Tómame, Señor, según tu palabra, que yo viva en ti. Y tú no defraudes mi esperanza.

El Obispo extiende entonces las manos hacia la rejilla y le pone el velo, signo de su consagración por siempre al Amor. Vuelve entonces la profesa al medio del coro. Allí está su comunidad y sus amigas. La Iglesia de la tierra y del cielo, han escuchado su Fiat, su sí al Señor. Un sí que no se despintará ni en los momentos más duros y tristes.

Le aguardarán algunos sinsabores… pero ahí esta su opción al Amor… y estará todos los días de todos los años de su vida. Pocos días de destierro le quedan. Mas ya se ha ofrecido concientemente. El Esposo puede hacer de ella lo que quiera.

Aquel año de 1925, fue proclamada santa su tan querida Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, sólo tres meses después de su profesión. Es muy fácil y deducible imaginar las alegrías que la embargaron en estos días. Se esmeró mucho para preparar la celebración en la iglesia del monasterio. ¿Con cuánta alegría no habrá recibido Elías la noticia de la canonización, ahora que se encontraba en el mismo corazón del Caminito de la Infancia Espiritual? Sobran las deducciones y conjeturas; es de sentido común.

La Hermana Dorotea, cuenta que en el día de la fiesta de Santa Teresita, la vio apoyada en la rejilla del coro, orando y llorando inconteniblemente. La Hermana Ana por otro lado, se le acercó para preguntarle que le sucedía, a lo que ella respondió: “Santa Teresa no me ha hecho la gracia de morir en su día… habría querido estar en el cielo con ella.”

La profesión de la Hermana Elías, fue como la de su entrañable hermana Teresita del Niño Jesús, toda “velada de lágrimas”. Escribía al Padre Elías con ciertos sufrimientos del alma: “…mas no deseo en esta vida sino consumirme de amor y desaparecer a toda mirada humana.”

En contestación, el Padre Elías le escribe desde Roma… como habiendo escrutado el profundo significado de sus palabras. Su buen director conocía el momento que Elías vivía, la situación de la comunidad y sus predisposiciones hacia ella, sus votos perpetuos recién pronunciados, sumando a esto el voto de lo más perfecto y la ofrenda al Amor Misericordioso: No tema la furia del infierno. Es el signo evidente que el gran voto desagrada al enemigo de todo bien… Porque el voto que conduce a la máxima unión con Dios agrada al Esposo Celestial, es para él de sumo agrado… Así su “conversación” será ahora ya con el cielo solo. ¿No es verdad, buena hijita?... ¡La paz y la alegría que le da el Señor no disminuirán más, ni siquiera en las pruebas y aflicciones de espíritu… porque Jesús quiere que siempre más te asemejes a él, Rey de los Mártires! ¡Oh, cuan bello es sufrir por Jesús, que suerte tan envidiable es ésta! También le aconseja el Padre que se confíe a las Madres, ellas sabrán guiarla y conducirla por caminos seguros…aun en la más oscura noche. Elías con esmero, pone todo su empeño en cumplir lo aconsejado por el Padre.

Hacia finales de junio de ese mismo año recibe en el locutorio del Carmelo la visita del Padre Elías. Mucho más que en las cartas, Elías puede abrirle su alma y abandonarse a sus consejos ciegamente como en Dios mismo. Necesitaba y deseaba mucho alguna palabra de consuelo y cercanía, ahora que tan mal lo estaba pasando… ahora que, poco a poco, el Señor consumía su holocausto experimentando en cuerpo y alma, la pasión del corazón y del espíritu.

En ocasiones le asaltaban tentaciones: ¿He pecado verdaderamente? ¿Habré hecho mal a las alumnas que he creído amar? ¿Y la gloria de Dios? El sufrimiento se aseguraba tremendo. Ya entrada en el retiro para su profesión solemne, había dicho a la Hermana Matilde: “Hazme la caridad de decirme si habéis visto, durante el educantado, cualquier cosa de mal en mi proceder. Mañana, debo confesarme, quisiera reconciliarme bien con el Señor y pedirle perdón.”

Se criticaba mucho a la pobre Elías. Algunas pensaban que el afecto que sentía por las alumnas era un afecto natural. Me consta – dice la Hermana Teresa- que la Hermana Elías, inspirada por motivos sobrenaturales, ejercía su apostolado entre las alumnas, tomando para sí todo género de mortificación que el Señor le quisiese mandar.

Elías conoce la doctrina de su Padre San Juan de la Cruz: El alma sola, sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo: antes se irá enfriando que encendiendo. Por eso confía su drama y secreto a su Director. Apuntó para suerte nuestra, los resultados de su consulta en un cuadernito de 8x5, de éste sacamos la nota que sigue: Hoy Nuestro Reverendo Padre Elías me aseguró en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que mi alma ha sido preservada en modo muy particular de conocer siquiera mínimamente el mal que llena el mundo. Después de haber escuchado mi confesión general, el buen y santo Padre Elías, alzando la mirada al cielo, mientras su dulcísima mano se posaba sobre mi cabeza, ha proferido estas conmovedoras palabras: Hija, en nombre del Señor te bendigo y te aseguro que es grande su amor por el alma de vuestra caridad. Prosigue siempre en este suave camino de ascensión que lleva su alma. Jesús, está muy contento.

15- TINIEBLAS…

Está más que comprobado que en la noche del espíritu, el alma alcanza madurez para afrontar los sufrimientos con entereza. Ya lo decía el poeta de las noches y primer descalzo: El espíritu bien puro no se mezcla con extrañas advertencias ni humanos respetos, sino solo en soledad de todas las formas, interiormente, con sosiego sabroso se comunica con Dios, porque su conocimiento es en silencio divino.

Un psicólogo diría, que mientras la persona va perdiendo sus seguridades humanas y materiales, necesariamente y en el afán de solucionar el conflicto, sea del tipo que sea, va encontrando otras soluciones, ya no tan ajenas a sus objetivos anteriores, quizás más utópicos que alcanzables. Va como reestructurando su campo y adhiriéndose consiente o inconcientemente a objetivos sustitutos que remedien la falta y atenúen el conflicto. Van rellenando el vacío existencial que dejan las cosas; explicando racionalmente muchas, justificando otras con mecanismos de defensa. En fin… enfrentando o evadiendo su situación según sus propios recursos personales y humanos. Tiene algo de cierto todo esto, más no todo es tan prefabricado desde el consciente y el inconsciente.

Lo que pasa entre el alma y Dios al entrar ésta en la noche oscura de los sentidos, es la transformación y maduración, el encuentro de lo total y solamente esencial y eso, ante nada, es don de Dios. No se puede alcanzar si ese mismo Dios, antes y después de la noche, no sigue siendo el centro de la vida del individuo.

Va pasando a oscuras, buscando, muchas veces tanteando… encontrando pocas o ninguna respuesta a su estado. Pero, a pesar de abandonarse, confiar, saber que no se está solo nunca, Dios no abandona.

Cierto es que se pierden las seguridades, pues son como palillos de romero seco… las tenemos hoy, mañana quizás se ausenten para siempre. Son nada y vacío.

La Beata Isabel de la Trinidad, incursionando en sus cariñosas cartas sobre el tema de la confianza, obsequia a su madre querida con frases de aliento: Adiós querida mamá. Ofrécele todo lo que hiere tu corazón, confíale todo. Piensa que tienes en tu alma día y noche uno que no te deja jamás sola.

El alma se va aficionando a solo Dios… no le ve, muchas veces no le siente…pero Él está muy cerca y aunque la fe también se vuelve noche… y noche oscura… Dios da su gracia para seguir y pasar a la otra orilla, donde resplandece su luz. Todo es gracia de Dios y voluntad del alma. Que Dios, sabemos, no fuerza nunca.

Elías ha experimentado esta noche oscura y lenta durante su vida religiosa. Contra la noche existe un antídoto, el único eficaz: poner nuestros cuidados en el olvido… mirar a Dios, si le vemos o sentimos… ¿Si no? Abandono total, sin nada para mirar, ni querer, ni gustar, ni tener… ni, ni, ni…tantas cosas que pasan.

De seguro, casi al término de su vida, podía decir lo que dijera en los primeros días pasados en el Carmelo: “A la tempestad, sobreviene la calma, el cielo se hace sereno. Posiblemente son pocos los pedazos de cielo claro a lo largo del camino, pero el rayo de pura fe que no se eclipsa jamás, vuelve fácil la hazaña.”

Elías no nos ha detallado su noche, como tampoco puntualiza los momentos de luz intensa al interior de su alma. No descartemos la simultaneidad de estados y experiencias en su vida de carmelita. Muchos secretos nos están reservados para el cielo. Allá, si somos fieles, veremos a Elías. Quizás podamos preguntarle muchas pinceladas y pormenores, que sólo podemos desde nuestra finitud intuir hoy.

En sus escritos, por momentos, nos deja al descubierto su alma: “Verdaderamente sola, todo calla entorno a mí, lejos de toda mirada humana mi alma se sumerge en un profundo silencio. También Jesús se esconde y la pequeña celdita se torna desierto. Si a alguien le fuese dado entrever algo, a consecuencia del susto me diría infeliz… ¡Pero no! Si en vez de esto, le fuese dado penetrar en mi corazón, se encontraría una celestial armonía. Él (corazón) eleva en dulce abandono el canto de amor y consiente quedarse, si a Jesús le place, para toda la vida religiosa en este feliz estado, sin cansarse nunca.”

Otra vez escribe: “El soplo de tu amor, ha lanzado el pequeño granito de polvo en el fuego de las tribulaciones…”

Ha asimilado muy bien la doctrina de la santita de Lisieux. Se encuentra ahora inmersa en la pequeña vía. Ya que por su reconocida pequeñez no puede ofrecer mil grandes hazañas al Señor, le ofrece a cambio su existencia, y se confía a él, sabiendo que le tiene a su Señor, enamorado el corazón.

En palabras de Santa Teresita, el camino recorrido por Elías se podría resumir en pocos párrafos: “Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina: ese camino es el del abandono de la criatura que duerme sin temor en brazos de su padre… Jesús no pide acciones extraordinarias; se contenta con que le demostremos confianza y gratitud.”

El 17 de septiembre le escribe su director desde Monza: “Buena hijita en Jesús. ¿Le ha mostrado nuestra buena Madre el “Ecce Homo” que le mandé? Diga que se lo muestre y que se lo preste algún día. Desearía que este día fuese viernes. ¡Delante de esta imagen renueve con mayor generosidad su inmolación a Jesús, Esposo de nuestras almas!

¡Verá entonces disiparse las tinieblas y resplandecer con celestial ardor el Santísimo Rostro del Redentor que andaba por los caminos de Palestina siempre sonriente, siempre haciendo el bien! ¡Oh, sí, Nuestro Buen Dios no tenía ninguna preocupación por sí mismo: todo lo remitía a su Padre Celestial de los Cielos! ¡Oh hija, hija mía! … abandónese con toda la confianza de una niña en los brazos amorosos de Dios, que no la desea perpleja y dudosa, sino más desenvuelta y generosa… La caridad suya cubrirá los defectos del prójimo. Recuerde que a las personas debemos aceptarlas como son, y no como quisiéramos que fuesen. Nosotros, orando e inmolándonos: lo que falte lo hará el Señor. Si tuviésemos todo seguro, ¿Qué podríamos entonces sufrir? ¡Qué víctimas más cómodas seríamos! La bendigo tanto, tanto, y esté tranquila que la llevo conmigo a Lisieux.”

De esta forma, la anima a seguir confiada el camino que le lleva muy apurada, a la vez que le aconseja ser siempre muy caritativa a la hora de evaluar y pensar en los defectos de las demás.

Olvido de lo creado, Memoria del creador, Atención a lo interior, Y estarse amando al Amado.

El día de la asunción de la Virgen del mismo año 1925, su querida hermanita Dominica, entra al Carmelo de San José de Bari. Por motivos de construcción, y por no estar aún terminada la nueva ala del monasterio, las celdas no alcanzan. A Dominica se le asigna la misma habitación de Elías. Es Dominica para Elías don de Dios. ¿No estará desbordante de alegría nuestra corderita al ver a su hermana y confidente ocupando su misma habitación… y más que esto, tratando de subir la escarpada hacia al cima del Monte de la Perfección en su mismo palomar? Está claro.

Sin embargo, el consuelo lo calla y lo saborea. No es un consuelo sensible, lleno de besos y palabras de comprensión y ánimo. El consuelo que recibe, humanamente hablando, es el de su presencia… y el saber de su entrega al Amor. ¿Qué más consuelo que ver a los que más se aman, abandonados en Dios… rindiendo todo, sin reservas ni medias tintas?

Por estas fechas termina el año escolástico. Para Elías, con respecto al educantado, serían vacaciones eternas. Nunca más la verían las alumnas compartiendo con ellas pensamientos de cielo y barro.

Por todo aquello que sin razón se había propagado entre el personal calificado del educantado, se sacrificó la flor más humilde y pura de entre las que lo adornaban. Pese incluso a quejas de las jovencitas ante las autoridades y la misma directora.

Elías por su parte, aunque le costaba, sabía soportar con mucha paciencia, obedeciendo al mandato de la priora, como mandato del mismo Cristo. Para ella, todo terminaba allí. Justo frente a la imagen de Jesucristo aconsejada por su Padre Espiritual.

16- CON ALMA DE NIÑA

Reza: “La pequeña niñita, aferrándose al trono del Rey Celestial, tiende su mano pidiendo caridad. Demanda de corazón una chispa de su Amor y un granito de verdadera humildad.

Y, si Jesús duerme, “la pequeña Elías”, doblando la cabeza sobre sus rodillas, aguardará a que se despierte. Y si a Jesús le place dormir siempre, sin cansarme jamás, esperaré posiblemente hasta el último día. Estaré igual de contenta porque me satisfago de mirarlo, amarlo y agradecerle.”

Ante la miseria humana y espiritual, ante todo lo que la invade y la humilla, ante sí misma, ve claro lo trascendente e inmanente. Sabe Elías que Jesús vela por ella, como el centinela la aurora. No la dejará jamás el Guardián de Israel. Elías es cosa y posesión suya… la niña de sus ojos. ¿Quién y qué será capaz de separarla del amor de Dios?

“Mi Querido, ¿Qué me podrá separar de ti? ¿Qué será capaz de romper esta fuerte cadena que une estrechamente mi corazón al tuyo? ¿Quizás el abandono de las criaturas? Esto verdaderamente es lo que une el alma a su Creador.

¿Quizás las tribulaciones, las penas, la cruz? Son entre estas espinas, donde el canto del alma que te ama, es más libre y más ligero. ¿Quizás la muerte? Pero ésta no será otra cosa que el principio de la verdadera felicidad para el alma. Nada, nada podrá separar mi alma, ni por breves instantes de ti: pues fue creada para ti, y fuera está inquieta si no vive abandonada en ti… En el ciego abandono hace ver a mi alma; pues en todo esto que me ocurre, veo el amor de Dios.”

17- CAMINOS DE DIOS

A través de las experiencias vividas por Elías en sus años de vida, puede afirmarse que existe al menos en sus palabras y escritos, y mucho más si cabe en sus obras, plena conciencia de la conducción Divina de su vida.

¿Ha tenido tiempo Elías para meditar y descubrir al Dios que la ama y que nunca la ha dejado de la mano? Seguro que sí. En el Carmelo el tiempo es monótono, la jornada se comparte entre la oración y el trabajo; también existen horas equilibrantes de recreación fraterna… retiro de celda y lectura espiritual. En el Carmelo de San José de Bari, existía además la particularidad del educantado.

A pesar de lo reiterativo de la jornada, ésta no carece de sentido. Ni aún cuando hayan pasado muchos años desde que se le comenzó a vivir. La historia del alma en el Carmelo, es la historia del jardinero que goza cuidando el jardín real a diario a fin de tener contento al Rey cuando le pluguiere visitarlo.

El alma, en este caso, es el jardinero, pues pone todo de su parte para que crezca en ella la virtud… a pesar de reconocer que todos los esfuerzos sin la gracia, serían totalmente inútiles.

No nos extrañaría entonces que Elías se sintiera embargada por Dios, sublimada y con deseos profundos de proclamar sus grandezas. Ella, que se creía la menor y más indigna de todas las carmelitas de San José, con las siguientes palabras dejaba entrever cuánto agradecía a Dios el cuidado prodigado a su alma desde sus más tiernos años: previendo el destino, disponía el corazón a buscar en la soledad y en el silencio el centro de su reposo.

“Él me pedía la renuncia de todo…satisfacción temporal, alegrías espirituales… sí, todo yo a él ofrecía con amor, deshojando sin reservas las flores pasajeras de esta vida mortal. ...”

Aquello que desde niña vivía, aquel sentir tan claro de la presencia de Dios en su vida, del llamado a la donación total que le pedía, de sus caminos coronados de cruces… todo aquello que desde pequeña por gracia de Dios añoraba, se solidificaba ahora en el Carmelo. Bebió con profundidad de los torrentes de la espiritualidad teresiana y sanjuanista. Le encantaba recrearse leyendo a Teresa del Niño Jesús e Isabel de la Trinidad.

Estos años en el Carmelo, le han servido para aprender a buscar a Dios, que habita el centro de nuestra alma, donde muchas veces no queremos llegar por miedos y cobardías.

De San Juan de la Cruz ha leído bien y bastante sus obras. Sabe que Dios, para ser encontrado, precisa que el alma se despoje de sus vanidades y orgullos… de todo lo que la aprisiona, para que al fin libre, vuele veloz al encuentro de su Amado, que escondido en lo profundo del alma, no quiere sino que no exista nada más que Él.

Bien nos puede hablar desde su silencio la Hermanita Elías. Ha ido sustrayéndose de todo lo superficial. El Señor también la ayuda, y en los mil acontecimientos de la vida claustral, va enamorando su corazón y sacando de él todo lo que no lleva a la perfección. Perfecto binomio para su santificación. Dios que vive en ella, ella que busca al Dios que la habita.

En 1924, recordando los inicios de su vida religiosa escribía: “Comprendí al fin, con mi ingreso al Carmelo, que el corazón fácilmente se siente apegado a las criaturas… por eso deseo exiliarlo… Renunciando a todo, en la pobreza total de todo afecto, encontrando completamente de esta forma, el querido y precioso amor de mi Jesús. Ésta es mi riqueza, en quien he puesto toda mi felicidad.”

Para no perderse en los afectos hacia las criaturas, había puesto en el Amor de Dios toda su mirada. Era lo más valioso que tenía. Recordémosla en el locutorio, queriendo ser la última de todas las flores, la más sencilla, que con solo su perfume ensalzara a Jesús. Recordémosla en las visitas frecuentes que se hacían para la comunidad en el locutorio, siempre la última, oculta entre las demás.

Escondía a la vista de los demás todo lo que podía: sus dones naturales, sus virtudes, las gracias recibidas del Señor, sus sufrimientos de cuerpo y alma.

Ana la Volpe recuerda que, cierta vez, el Padre Mateo Wrawlei, famoso apóstol del Sagrado Corazón, en una conversación con las monjas del monasterio, pronunció esta maravillosa frase casi como consigna: “Es necesario custodiar la virginidad del dolor”. Elías lo traduce diciendo que es necesario callar y custodiar el dolor con el pudor de las vírgenes. Esto reclama para la pequeña Elías, todo un programa de vida, basado en la mayor perfección y ocultamiento de las criaturas.

Una hermana de la comunidad, después de su muerte, diría: Digo que la Hermana Elías sufrió mucho. Yo no puedo decir otra cosa, sino que a pesar de todo, la vi siempre riendo.

18- EN MEDIO DE LA TEMPESTAD

Es fácil descubrir durante este periodo de la vida de Elías tempestades interiores fortísimas. Podríamos llamarlas huracanes de gran intensidad, si fuera posible medirlas por la escala de Saffir-Simpson, con categorías al menos entre 4º y 5º grado. Y esto, deducible por sus escritos y por los pocos elementos externos que se transparentan de su vida.

Al dejar sus labores en el educantado, no fue elegida para desempeñar ningún otro cargo en la comunidad; a esto podemos sumarle la actitud recriminatoria de algunas hermanas, que se alejaron visiblemente de Elías por parecer peligrosa o porque, en realidad, no era de su agrado.

Cualquiera de la dos hipótesis podía ser causante y desencadenante de las conductas, a veces poco entendibles, de algunas monjas. O en el peor de los casos, coexistir las dos complementándose.

La Madre Angélica propone, en el Capítulo de la comunidad, a la Hermana Elías como consejera. No fue, sin embargo, aceptada por motivo de su corta edad. Esa fue la excusa, la razón otra.

Un día, hablando la Madre Priora con la Hermana Celina, le comentó que, a pesar de tener el monasterio como un gran tesoro, no podía admitir ni servirse de los celos de algunas monjas. De esta manera, ratificaba una vez más, la buena Priora, el afecto y cariño que profesaba a Elías, incomprendida y envidiada: “Pero mira un poco como ha estado de prudente tu hermana”–decía a la Hermana Celina- “no ha dicho nada a nadie, no ha hecho ningún rumor, y yo sé que le ha constado trabajo. Es verdaderamente una santa”. Sabemos nosotros cómo sufrió Elías a causa, sobre todo, de lo que pensaban de ella. Pero… ¿Acaso ya no tenía Elías sus cuidados entre las azucenas olvidados?

Elías se había portado prudentemente, pero… ¿Cuánto no debió haber sufrido? El 10 de diciembre de 1927, quince días antes de su muerte, hablando con la Hermana Dorotea le comentó: “Todas las amarguras las estoy saboreando en el pequeño cáliz de mi vida…” Luego, de brevísimas palabras, reduce estas amarguras al menor de los grados, para ella es mucho mayor y más importante la eternidad que espera alcanzar, tornando su rostro a su antigua sonrisa.

“Conmigo - nos dice la Hermana Celina, su querida Dominica de otros tiempos- no se lamentaba de los sufrimientos morales causados o encontrados en la comunidad, y mucho menos con las otras… Al atardecer del último Jueves Santo de su vida, la vi toda roja, con los ojos velados de llanto. El día después, por haber insistido en demasía, quiso responder a mis preguntas: “Esta noche Jesús me ha hecho una gran gracia: Me ha avisado que me regala una fuerza irresistible para soportar toda cosa, capaz de hacerme caminar por carbones encendidos.”

Empeñada en que me dijese el motivo de sus sufrimientos, me respondió: “Hermana Celina, tranquila, es la voluntad de Dios que se cumpla su proyecto””.

Para eso vivía aquella corderita, que desde tierna edad, Dios la había escogido como víctima de su Amor Misericordioso. Aquel proyecto del que hablaba frecuentemente Elías y que era motivo de meditación, quería dejarlo fluir y expandirse aunque doliera el corazón, así tuviera que cortar ella misma su carne para glorificar a Dios. Aquella ofrenda generosa de sí misma sellada con su propia sangre… ¿Acaso no decía también que todo su cuerpo y la vida misma representada por su savia carmesí, eran heredad del Señor?

Y así, con toda la naturalidad del mundo, aceptó lo que Dios quiso mandarle. Mientras tanto, el incensario divino quemaba a fuego lento la fragante especie de sus sacrificios, prodigando fortaleza en las tinieblas a aquella alma sensibilísima y cariñosa, ahora desprovista de todo cuidado y cariño sensible.

Allí, en su celda, horas de alegrías y de sufrimientos, de cielo y de barro, de dones de Dios y de arideces, de bonanzas cortas y largos huracanes se iban sucediendo ininterrumpidamente. Allí, al pie de la Cruz sin Cristo que coronaba el jergón de su celda, ofrecía cada cosa por pequeña o grande que fuese por el ideal por el que sabía, la había congregado Jesús a la Orden de la Virgen Santísima.

En 1922, segundo año de noviciado, algunos meses después de su profesión de votos simples, escribía:

“El alma encuentra su quietud en el propio silencio del corazón, ocultándose a las miradas de las criaturas, no deseando ser comprendida ni conocida, sino solo de su Señor.”

“He encontrado tantas veces que una larga conversación, aunque con buen propósito de revelar a las criaturas aquello que el Señor reserva para decir él solo, después me ha dejado un vacío incomprensible, haciéndome gustar agonías de muerte.

La calma retorna solo después de haber pasado algunos minutos a los pies de Jesús, hablando con largas miradas en un profundo silencio. Como solo Jesús es el todo de esta alma.”

Elías no vive en completo olvido, sabe que aquel que la ama más que ella misma, no la deja, aunque sea difícil verlo o percibirlo en algunas ocasiones. Eso sí, trata de ser la última, y no procura ser comprendida por las criaturas. Solo Dios basta, es el lema que le viene a la mente tras respuestas descorteses o miradas inquisidoras. ¡Solo Dios Basta Elías, que solo Dios te baste! Así nos habla esta alma que ha subido con su Maestro, camino de la Cruz… y como tesoro solo le queda eso: la Cruz.

“La tierra ha perdido todo atractivo para mí. Todo me cansa fuera de mi Dios… siento mi corazón libre de las cosas, no pueden entristecerme los dolores, y ni siquiera consolarme las alegrías, ya que toda mi felicidad esta puesta en Dios…

A las criaturas, siento que puedo amarlas en el Señor y puedo confesar al cielo y a la tierra que nada ocupa mi corazón… Solo Dios me basta.

Mi alegría radica en verme pequeña y débil en los brazos de mi Padre Celestial y atender solo a Jesús en todas sus cosas… su aliento es mi vida… en el silencio de mi corazón Él ha establecido su morada… No deseo sino eclipsarme por mi Jesús. De las criaturas no deseo sino las humillaciones, para que sea de ellas completamente olvidada.”

¿Dios se ha olvidado de Elías? Es la pregunta que podríamos hacernos. Es una tautología responder una pregunta con una pregunta… pero cabría preguntarnos. ¿Dios es quien verdaderamente olvida el pacto entre Él y el hombre? ¿Alguna vez en este exilio, Dios ha tomado la iniciativa en el distanciamiento con la humanidad? No. La respuesta sería un rotundo No. De eso vivía más que convencida nuestra jovencita.

“En el dolor, me lanzo al infinito, donde encuentro a mi Dios sin perder ni por un solo instante la paz inalterable, íntima y profunda que invade mi espíritu….

Hace bien Jesús al esconderse, porque siento que no podría vivir mucho en esta tierra de exilio, si su adorable presencia fuese sensible a mi alma.

Siento que es amo absoluto de toda mi existencia. Siento que Él es Rey de mi pobre corazón, mi único amor. Siento que Él vive y mora en mí con su gracia, pero todo esto en las sombras, quitando a mi corazón toda satisfacción.

¡Oh! Cómo es de bueno este Divino Maestro y cuán dulce es para el alma amarlo en la pobreza absoluta de toda cosa.”

Yannick Delgado Farias
L. D. Vque .M.